Trapped

miércoles, 10 de agosto de 2016

[Aka. cuando quieres rolear una OTP no muy sana con otra persona pero ella ya tiene su OTP no sana en mente y tu no te lo puedes sacar de la cabeza así que sueltas tus feels en forma de one-shot. Espero que se entienda sin contexto.]


Hacía tiempo que él venía cada noche a mi cama, casi desde que le seguí a otra región, casi desde que caí en las mismas manos que le habían enterrado a él, haciéndole marioneta de actos que no quería llevar a cabo. Venía, porque sabía que le recibiría con los brazos abiertos y le acariciaría hasta dormirnos. Porque sabía que era la única que besaría sus heridas sin ánimo de abrirle otras. Porque era la única dentro de aquel mar de oscuridad que parecía emitir una luz.
Y yo caía. Caía porque eran sus labios los que me habían susurrado una pista en primer lugar, porque había sido él quien me había salvado la vida. Porque, inevitablemente, él me había arrastrado a esa sima en la que me encontraba y no podía salir… No quería salir. Sus manos bajo las sábanas buscaban algo más que simple sexo desenfrenado, buscaban caricias y besos y abrazos en los que poder dormirse. ¿Y yo no buscaba algo parecido? Después de haber crecido con alguien que siempre se había aprovechado de mi, cuyas caricias eran fuertes y sus mordiscos se quedaban por días en mi piel, pasar a sentirme querida del mismo modo que yo cuidaba de él era algo que agradecía, que apreciaba.
Pero no era amor.

Mis ojos hacía rato que se habían acostumbrado a la oscuridad de la noche, acariciando con suavidad el cabello largo que le cubría la frente y la cicatriz de su rostro. Esa marca, como las otras muchas que cubrían su cuerpo, no tendrían sanación posible. Habían llegado a su alma, y sabía que no había forma de hacerlas desaparecer. Quise besarla, como hacía siempre que le veía, pero él estaba dormido y yo empezaba a notar que la presión de mi corazón era demasiado grande, que aquello no estaba bien. Que sólo era un parche.
Inspiré hondo, cerrando los ojos mientras espiraba, y al abrirlos pude ver que los suyos estaban también abiertos. Esa mirada dorada que me había llevado a las sombras. Apreté los labios.
— Te has dado cuenta, ¿verdad?— Me dijo él. Su voz estaba apagada, más que siempre, más que cuando despertábamos.— Que no te quiero.
Esbocé una media sonrisa mientras asentía.
— Eso lo supe desde que viniste por primera vez a mi cama.— Le respondí. Y era verdad. No era tonta. Sabía lo que era cuando aquello empezó. Sabía que cuando salía de mi habitación tal vez era el juguete de otros. Tampoco me importaba. Sabía lo que él era para mi.— Me he dado cuenta de que no te necesito.
— Ah…— Hizo una pausa, como si ni siquiera le sorprendiera mi forma de pensar. Ni siquiera pareció que él me necesitara a mí, pero tal vez no quería admitirlo. Yo sí sabía que me necesitaba. Que era esa necesidad de cariño la que le traía aquí cada noche.
— Yo ya no sé si puedo soportarlo. Aquí, contigo. Con todo.— Añadí entonces. Necesitaba sacarlo fuera.— Yo no tengo lazos que me aten para ser una marioneta.
— Te dije que no debías venir.— Comentó él. Estaba boca arriba sobre la cama, con la sábana envolviéndole medio torso. La luz que se colaba por la persiana me dejaba ver otras de las muchas marcas y cicatrices que le impedían escapar.
— Ojalá haberte hecho caso.— Lo peor es que aquellas marcas también estaban en mi cuerpo. Empezaban a curarse, las heridas de mi primer intento de huida, las de mi primera llamada de auxilio, todas ellas como pequeños cortes que surcaban zonas no visibles de mi cuerpo. Al menos no tenían nada que arrebatarme, no como a él.
— ¿Volverás a intentarlo?— Me preguntó. Se incorporó un poco y besó una de aquellas cicatrices. Sobre mi pecho izquierdo. Sin rozar un sólo órgano vital, pero atravesando mi cuerpo. Aún recordaba la angustia, las lágrimas de mi rostro. La tensión en todo mi cuerpo. Sus besos a veces me hacían olvidarlo. Aquella noche el dolor era demasiado como para sanarse con amor fingido.
— Hasta mi último aliento.— Repliqué, esbozando una sonrisa y tomando su barbilla con mi mano. Él subió y llevó la vista a mis ojos. El fuego y el hielo, chocando, como aquella vez, tiempo atrás, que lo empezó todo. Había algo en su mirada que me seguía atando, esa brizna de bondad que todavía no habían logrado arrancar del todo. Su mano fue a mi mejilla y se posó sobre mi cuello, atrayéndome hacia él. Cerré los ojos y me dejé besar. El dolor en cada una de mis heridas seguía siendo grande, seguía sufriendo. Pero el suyo… Él sí sanaba con mis besos.
Una lágrima surcó mi mejilla, consciente de la verdad.
Sí había algo que me ataba a aquella mafia. Alguien.
La misma persona que me había arrastrado allí en primer lugar.

1 comentario:

  1. :O
    Me encanta mucho, muchísimo, demasiado. Te ha quedado muy muy bien.
    Y se entiende dentro de lo posible, porque obviamente no sé qué hacen en la mafia ni qué le ata a él y esas cosas, pero no me he perdido en el relato. :)

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