Yellow Brick Road {Blogs colaboradores, capítulo 2}

lunes, 19 de junio de 2017

[No te dejes arrastrar a Kansas si no quieres ir]

La flauta dorada descansa sobre la mesa del conservatorio y mi reflejo distorsionado parece juzgarme más que otra cosa. Frunzo el ceño y agacho la vista. Las clases últimamente están siendo cada vez más exigentes, o yo rindo menos, y no sé qué me pasa. Me encantaría poder fusionarme con mi escritorio y desaparecer. Hoy, y desde hace unas semanas, siento que nada de lo que hago sale bien.
Noto un golpe en la cabeza con un folio. Robyn está ahí cuando alzo la vista y la hoja se posa en el hueco donde estaba antes mi cabeza. Mientras ella se sienta a mi lado yo leo.

— Así que una fiesta universitaria, ¿no? — Alzo una ceja, sin saber de qué me sorprendo. Si hay una fiesta en un radio de 50 kilómetros, Robyn se entera. Sonrío. Yo suelo ser siempre quien la sigue y no sé qué haré el día en el que acabemos el conservatorio y nuestros caminos se separen. Tal vez es otra cosa que me asusta de sentir que ya no encajo en el conservatorio, tener miedo de perderla a ella. Sé que es un miedo absurdo, sobre todo porque sigue siendo mi jefa, pero ahora mismo pensar en un día en el que no nos veamos suena el fin del mundo. Es mi mejor amiga, a fin de cuentas.

— Seguro que te encanta.

Yellow Brick Road {Blogs Colaboradores, Capítulo 1}

martes, 13 de junio de 2017

[We're not in Kansas anymore]
[Si queréis saber de la iniciativa Blogs Colaboradores, más aquí.]

El aroma del espresso del Delicatessen siempre es lo primero que me despierta cada mañana. Tras molerlo y sentir el aroma tostado subir por mi nariz, lo que más quiero es tomarme un sorbo junto a una tostada y disfrutar de los últimos éxitos de música indie que se escuchan en el restaurante.

Es una pena que trabaje allí.

Dicen que, para alcanzar la fama, una tiene que empezar por lo más bajo, pero nunca pensé que lo más bajo incluiría trabajar de camarera en una pastelería en las horas que no estoy en el conservatorio. Me encantaría decir que mi vida me llevará lejos, a giras musicales en las que mi nombre acabaría coreado por el público: “Dorothy Hipster, la mejor flautista de la orquesta de Nueva York”…

Solo que la historia ni siquiera me ilusiona.

— Do, deja de sacar fotos a la comida y atiende a los clientes. Que te subiera el sueldo por gestionar nuestro instagram no significa que no tengas que trabajar como camarera.— Interviene Robyn con una sonrisa, golpeándome con el menú de postres antes de que pueda evitarlo. Me rasco el coscorrón, intentando hacerme la ofendida, pero no me sale, no con Robyn. Fue Robyn quien me consiguió este trabajo para ganar algo de dinero por mi cuenta. Mis padres solo me pagan el conservatorio, todos los caprichos tienen que venir por mi parte, y como gasto demasiado en cámaras de fotos tuve que acabar suplicándole a mi amiga que me contratara en la cadena de pastelerías de su familia. Robyn es un amor, y siempre lo ha sido. Nos conocimos en el conservatorio, en concreto en la orquesta. Ella es primera violín de nuestra clase.

— Perdona, Robyn. Hoy no estoy muy atenta al trabajo.— Admito, guardando el teléfono en mi delantal mientras aprovecho para recoger una mesa que acaba de quedar vacía. Ella me sigue. Si no fuera bastante con tener a tu jefa persiguiéndote, es peor cuando además tiene un físico que hace que las miradas se desvíen hacia nosotras. No sabría decir si es su cabello pelirrojo, los tatuajes florales de sus brazos o el encanto que parece destilar con cada paso.

— Oh, es cierto. Tendrás que estar agotada con los ensayos para los exámenes finales. ¿No estás preocupada? Tenemos la prueba de acceso para el superior a la vuelta de la esquina, y además hay ojeadores de la filarmónica entre el público.

Claro que sí, Robyn, tú sí que sabes aliviar tensiones. Inspiro hondo, tomándome unos segundos para cerrar los ojos y apretar la bandeja que tengo entre las manos, antes de esbozar una sonrisa calmada.

— Creo que lo has resumido todo bastante bien, gracias.— Murmuro, apartándome un mechón rubio de la frente. Robyn me ayuda al notar mi sarcasmo, llevando todas las tazas a la barra mientras guardo los platos en el friegaplatos. Sigue vigilándome y tengo claro que esta conversación no ha hecho más que empezar.— ¿Qué pasa?

— No pareces ilusionada.— Me comenta, lo que me hace titubear. ¿Es verdad? Llevo días pensando en las audiciones, las pruebas y los conciertos que tengo que ensayar. No dejo de pasar por el conservatorio cuando tengo un rato, hablando con los profesores y organizándome. Pero recuerdo años en los que todo venía con más ilusión, y de golpe es como si no me llenara. Sus palabras todavía resuenan en mi cabeza, aunque logro recomponer la sonrisa y atender a una mujer que pide un café para llevar.

Aquella vez, sin embargo, mi amiga se da cuenta que preguntar no va a conseguir nada, y vuelve a la parte de atrás del negocio, seguramente atenta a su teléfono o dispuesta a escaparse para evitar a su profesor particular de canto. Es difícil saber lo que va a hacer en cada momento y he llegado a la conclusión de que no sirve de nada estar pendiente de ella. Yo tengo una vida de la que preocuparme.


Mi turno termina sin muchos sobresaltos y vuelvo para casa arrastrando un cansancio que no sabía que tenía, dejando la mochila con mi uniforme en la entrada y tirándome en el sofá a contemplar instagram. Tengo muchas cosas que hacer, pero la cabeza no me da para concentrarme. ¿Quiero acaso hacerlas? ¿O me siento forzada por intentar cumplir? No sé si el sueño que he escogido es mío o solo a medias, si siento el peso de mi familia sobre mis hombros. Solo sé que hay algo que no está bien, aunque no sepa decir por qué.

El teléfono vibrando me saca de mis pensamientos. Robyn me ha escrito para decirme que viene a mi casa. No es de las que avise con mucha antelación, así que me pongo en pie y camino para la entrada. Como esperaba, enseguida está timbrando en mi puerta y, al abrir, entra con la confianza que dan tantos años de amistad. Está recién duchada, y puedo reconocer su champú de argán cuando se pega a mi y me abraza. Solo entonces me doy cuenta que ha dejado un estuche entre mis brazos al separarme.

Mi flauta, reconozco al instante. Entreabro la boca.

— Sí que tienes que tener la cabeza en otra parte para olvidarte la flauta en el trabajo. Suerte que tienes una jefa muy maja que no ha dudado en traértela a casa.— Se ríe, y no puedo evitar corresponder al gesto.

— Vaya, siento haberte hecho tener que venir para esto. No hacía falta.

— Supongo que te habrías vuelto loca buscándola si no llego a aparecer. Debe ser muy importante para ti, ¿no?— Comenta, caminando hacia el sofá de mi salón y encendiendo la televisión.

Asiento, pero es más por hacer un gesto que otra cosa. Empiezo a creer que no me habría dado cuenta de la ausencia de la flauta si no llega a ser por ella.

¿Qué está pasando conmigo?

La importancia de presentarse a concursos.

jueves, 8 de junio de 2017

Esta entrada es un poco difícil, porque también es un poco personal. Me siento más cómoda explicándolo todo desde mi experiencia, así que es hora de mostraros una cara no bonita de mi vida.

Me llamo Gema Vallejo, y sufro ansiedad. Hacer exámenes me hace pasar días sin dormir y hay veces que he tenido ataques de ansiedad previos a entrar, aunque parezca que voy calmada yo a veces solo pienso que si cruzando mal me atropella un coche no tendré que presentarme al examen. Cuando me presenté al teórico de conducir salí llorando porque pensé que suspendía y decepcionaría a mi familia y amigos (plot twist, aprobé y no me lo creí) y me pasé meses sin atreverme a ir a la academia de inglés porque pensé que te hacían una prueba de nivel antes de las clases. No sé de donde viene esa falta de inseguridad ni mucho menos, pero es obvio que me afecta más de lo que parece, incluso en el día a día a menor escala, y por supuesto también en la escritura.



Por eso, os parecerá sorprendente, pero me he presentado a un concurso de relatos.