Polos Opuestos ~Drabble~

martes, 24 de diciembre de 2013

 ¡Buenas! Subo este drabble a las 2 de la mañana del 24 de diciembre, no porque me haya vuelto loca ni nada así, es que mi habitación está gobernada por una niña y no puedo leer en la cama, así que mejor emplear ese tiempo en escribir jaja.
A ver, una cosa importante a comentar (aparte de feliz navidad adelantada), el blog está en proceso de remodelación. En primer lugar me he metido con el html ahí por encima y he copypasteado el menú desplegable para ponerlo más o menos como me gustaría (pero ya sabéis que si queréis algo más concreto, lo taggeo todo). Si hay algo en el diseño que no os gusta, estoy abierta a sugerencias, así que podeis opinar.
Y bueno, ahora un poco sobre el drabble, este relatillo tiene historia detrás, son dos "razas" de una novela en un parón similar al de un reloj sin cuerda, pero cuando me pidieron en el ask el Drabble de Calor no pude resistirme, intenté crear mucho contraste y tal vez me ha acabado faltando un contraste visual claro a lo largo de la novela, sobre todo porque en mi cabeza yo basándome en dos imágenes tengo muy claro cómo han interactuado con el tiempo... Y podría seguir enrollándome porque esa historia me gusta y muchas veces la recuerdo con ilusión, pero sin ganas para seguirla de momento.
¡Ah! ¡Otra cosa interesante es que en navidad se acaba el mes de rigor antes de empezar a revisar Lhanda! Eso significa que empezaré el duro proceso y tal vez escriba algo sobre como quiero tirar el portátil por la ventana todos los días. Ya comentaré, que al final esto será más largo que el drabble.




Polos Opuestos




Ella era todo lo que él no. Polos opuestos, distantes pero rotando siempre uno alrededor del otro, como la tierra y la luna, como el sol y la tierra. No había un momento en el que sus miradas no se cruzaran.
Pero no era para ella.
Porque ella era una hija del sol, de la luz. Sus cabellos dorados eran capaces de iluminar los prados verdes en donde vivía, y las mejillas sonrosadas demostraban que emanaba calor, confianza y alegría por cada uno de los poros de aquella piel cobriza que brillaban al menor atisbo de luz con tanta belleza que podía cegar al mundo. Y él no era nada comparado con ella. Un cabello ceniciento, una piel grisácea y unos ojos azules apagados. Todo en él era oscuridad, frío. Ella era todo a lo que no podía aspirar.
Y ahí estaba, de nuevo en la frontera.
Sus miradas se cruzaron, fue apenas un segundo, una pequeña sonrisa que ella esbozó, fruto de la inocencia y la ilusión, sin conocer los motivos de su mirada de envidia cubierta con una pizca de deseo, creó la necesidad creciente de tomar su mano y poder preguntarse si de verdad sentiría calor, aunque no lo dudaba, casi podía oler esa sensación tan veraniega que desprendía.
Nada comparado con él, que hacía que la gente se encogiera y abrazara a si misma, frotando sus brazos para mantener el calor, para no dejarse contagiar mientras él hacía que la temperatura de la sala descendiera drásticamente, haciendo que el calor se esfumara tan rápido como si nunca hubiera existido en primer lugar.
Ella pareció ignorar esa sensación, deteniéndose en su caminar y, atrevida ella, acercándose a ese punto en el que la hierba comenzaba a cubrirse de una fina capa de nieve.
Él receló. Sabía lo que el tacto de su mano podría hacer en aquella joven, y no quería arriesgarse. Su plan consistía en observarla, envidiarla y desearla de lejos. Nunca acercarse. Era algo que ni se había planteado. No podía creer que fuera tan estúpida como para correr el riesgo. ¿Y si él era malvado (que lo era) y decidía tocarla y llevarla consigo (que lo haría)?
Alzó su mano…
Pero acabó bajándola antes de llegar a tocar aquella mejilla tan sonrojada, lo que hizo que la sonrisa de la joven se desvaneciera durante una milésima de segundo, antes de que volviera, casi con más fuerza, a su rostro.
- No muerdo.- Rió, haciendo que un vaho escapara de sus labios cuando el aire que expulsó cruzara la frontera.- Y tampoco quemo.
- Para mi, sí…- Replicó él, derritiéndose solo con escuchar su voz.- Eres demasiado cálida para un hijo de la luna.
Su rostro se apagó como una vela al ser soplada, comprendiendo.
- Oh… es por eso.- Comprendió, apartándose unos pasos y mirando al suelo. Era cierto, ella devolvía la vida y creaba donde nada existía. Él lo cubría todo con una capa de nieve que poco a poco iba apagando todo lo que ella con tanto esmero creaba. Y, aunque el calor también pudiera dañarle a él, el riesgo más bien era a la inversa.
- Es bonito cuando lo ves de lejos, pero cuando te acercas y ves que es un sueño imposible…- Calló, intuyendo que había logrado exponer su punto. La joven volvió a apartarse, aunque algo recelosa.
- Podría… podría ir bien.- Intentó decir, sin perder la esperanza, pobre criatura.- No tiene por qué salir mal. Hay un punto tolerable, ¿no podríamos… intentarlo?
Él sonrió, tal vez ilusionado al ver que no era el único que había disfrutado con aquellas miradas fugaces y sonrisas en la distancia, a pesar de ser tan inestables que un paso en falso podría hacerlos caer al vacío.
Por eso, dudó.
- ¿Por qué quieres hacerlo?- Preguntó, maldiciendo su lengua por dejar escapar aquellas palabras, cargadas de un toque gélido que parecía acompañarle siempre. Como si esperara que ella ganara algo al hacerlo, como si creyera que todo era una trampa.
Estupideces, ella era demasiado inocente como para hacerle algo así.
Tal vez fuera ella la que tenía que preocuparse.
- Es fácil, me caes bien.- A pesar del calor que destilaban aquellas palabras, lo único que él sintió fue un escalofrío helado recorrer su espina dorsal. Aquella joven acabaría sufriendo las consecuencias de su amabilidad, y odiaba ser él quien lo hiciera.- ¿Acaso te molesta?
Suspiró, negando, y en sus labios se formó lo más parecido a una sonrisa que nunca había llegado a sentir.
- No puedo decirte qué sentir.- Comentó, relamiéndose los labios resecos. Ella sonrió, satisfecha con aquellas palabras tan sencillas, y le tendió la mano de nuevo.
- Ven, caminemos juntos, hay tantas cosas en el bosque…
Durante un segundo, él se olvidó de todo.
Cogió su mano.
Ella comenzó a palidecer. Rápido, muy rápido, fue como si la luna hubiera eclipsado al sol, y a cada segundo que pasaban, ella se iba debilitando. Pronto sus piernas fallaron y, cuando él recordó lo gélido que era su contacto, parecía ser tarde. Ella estaba desmayada en el suelo, con el pulso débil y respirando de manera forzosa. Miró alrededor, preocupado.
Al no ver a nadie, una sonrisa ladina se formó en sus labios, alzando en volandas a la joven, teniendo cuidado de no llegar a tocar con la carne desnuda por si la reacción empeoraba. Era lo que pasaba con las dos caras de la misma moneda, con los polos opuestos, no podían tocarse, no ellos, o uno de los dos, el más débil, sucumbiría ante el más fuerte.
Pero nada podía evitar que se atrajeran.

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