Vía de Escape ~Relato Corto~

lunes, 24 de marzo de 2014

¡Buenos días! Comenzamos la última semana de relatos cortos del Four By Flash con otro de El Fantasma del Lhanda. Sí, no se me va de la cabeza. ¿Qué le voy a hacer? Son mis niños, y revisando Lhanda (voy por el cap 9, lo que me queda todavía :P) me vino esa idea a la cabeza. Claro que Clarya había podido bajar del Lhanda, seguramente más de una vez podía haber burlado la seguridad. Y una vez lo hizo.




La verdad es que Surina siempre me insistía que bajase, que la dejase sola en el dirigible y ya escaparía ella más adelante, que yo me buscase mi vida. Y siempre decía que no podía, que como iba a dejarla sola, que me quedaría con ella para siempre.
En realidad, mentía.
Lo hacía por una razón más cruel, una sensación de vacío en mi interior.
Tenía miedo.
Ya había intentado escapar una vez, justo después de abandonar Minabi la segunda vez. Había estado asustada pensando que llamarían a los soldados, y en rigor hasta me planteé bajarme directamente en la capital y buscar algún buque mercante en el que colarme y escapar. Pero la amenaza de acusar a Surina de ocultarme era demasiado fuerte y me lo planteé mejor, dejando que pasara una semana mientras calculaba mis posibilidades de escapar en cada ciudad en la que nos deteníamos.
Al final no le di más vueltas. Dejé que se suavizara mi búsqueda y, cuando al pisar tierra vi que habían dejado la entrada sin vigilancia, no me lo pensé dos veces y corrí hacia abajo. Primero me entró algo de preocupación por Surina. Podrían echarle la culpa y ser encarcelada, podría acabar muerta por mi culpa. Pero algo me dijo que no sería así, que ella estaría a salvo si me iba.
Así que, simplemente, huí. Corrí hasta una parte poco transitada y me metí en un callejón vacío. Necesitaba aparecerme, no podía pasearme toda la vida por ahí como una persona invisible. Cuando revisé que las ventanas estaban cerradas y que nadie podía verme, deshice el hechizo y me miré en el reflejo de uno de los cristales. No me había peinado esa mañana, y debería parecer un poco presentable no fueran a acordarse de mi. Salí con cierto temor a la calle, recuerdo todavía que el corazón me latía con tanta fuerza que creí que se escucharía desde el Lhanda y vendrían a por mi.
Pero no pasó nada, salí al paseo del muelle como si nunca me hubieran visto y, cuando pude adentrarme en el mercado, me sentí a salvo. Nadie me miraba y mucho menos me reconocían. Respiré hondo, con una sonrisa de alivio, mientras buscaba alguna posada en la que pasar la noche.
- ¡Brujería!- Aquella palabra me puso tensa, como si hubieran accionado un resorte. Intenté disimular, pero el corazón había vuelto a latirme con tanta fuerza que me dolían las costillas. Intenté buscar la fuente de la voz mientras corría, pensando si pronunciar o no las palabras del hechizo de invisibilidad podrían beneficiarme.
Sin embargo, cuando por fin localicé a los soldados que habían hecho saltar la alarma, vi que no venían a por mí, sino que habían cogido a un hombre de unos treinta años. Miró alrededor con temor y, cuando nuestras miradas se cruzaron apenas un instante, pareció decirme que huyera.
Tampoco le hice caso. Seguí a una distancia prudencial a los soldados y cuando se metieron en la comisaría me quedé esperando a que salieran. Aproveché para mirar alredededor distraída, como si me hubiera perdido, y dar unos cuantos y largos paseos. Cuando salieron, me acerqué preocupada.
- Disculpe señor… Antes he pedido ayuda pero nadie me ha hecho caso, parecían solo interesados en que comprara.- Comenté, apretando los labios mientras extendía un brazo y señalaba al mercado. Seguramente Surina habría preparado una excusa mejor, pero lo que me faltaba era tiempo.- Ando buscando una posada, un lugar no demasiado peligroso. Justo hace nada he tenido que apartarme de un hombre que intentaba manosearme y quitar la mano de otro de mi bolsa, y vuestra actuación ha sido tan valiente, enfrentaros a un mago…- Hice una pausa, mordiéndome el labio inferior y preguntándome si sería capaz de ruborizarme para mejorar mi actuación. Acabé descartándolo, si me ponía roja, solo sería de rabia.- ¿Sería posible que me dierais indicaciones de dónde pasar la noche?
El soldado sonrió, escrutándome con la mirada. Me sacaba diez años perfectamente, pero le importó poco y me guiñó un ojo, pícaro.
- Querida, si necesitas alojarte unos días, encantado te ofrecería mi casa.- Ahí creo que sí que me sonrojé de verdad, y retrocedí algo nerviosa. Lo notó y cambió el gesto.- O bueno, puedo ofrecerte un lugar seguro y escoltarte hasta él.
Sonreí, asintiendo, y me llevó a la posada rodeándome del brazo. Entré, me invitó a comer y me dejó alegando que había acabado su descanso. Me levanté con él y fui hacia los aseos. Tras comprobar que no había nadie, me hice invisible y salí por un ventanuco a la calle. Ahora tenía información sobre la comisaría y la llave de los calabozos en mi bolsillo.
Entrar a la comisaría me resultó difícil pese a tener las llaves. Cuando lo intenté, me di cuenta que la puerta estaba cerrada y no podía fingir que alguien la había abierto sin más. La siguiente hora la pasé buscando una ventana abierta, sin éxito, y al final me decidí a llamar a la puerta. Me abrió un hombre algo más mayor que miró alrededor e incluso salió a la calle a buscar al rufián que le había hecho perder el tiempo. Entré en la comisaría sorprendida por mi suerte me dejé guiar por mi instinto hacia los calabozos.
Cuando lo hice era tarde, y una luz ambarina cubría la estancia. Fui mirando uno a uno los calabozos hasta dar con el del hombre al que habían capturado. Golpeé con sumo cuidado la puerta para llamar su atención. Él alzó su morena cabeza y me miró como quien mira a un fantasma. Sonreí.
- Tranquilo, no pueden verme, es un hechizo de invisibilidad…
- Será mejor que te vayas antes de que vuelvan.
Fruncí el ceño.
- No me iré sola. Tengo las llaves.- Intenté que comprendiera, pero él negó de nuevo.
- Vendrán y te notarán, pese a no verte. Tienen sensores.
- Pues nos iremos antes.
- ¿Cómo? Solo hay una salida, y yo no tengo la magia ya.
Volví a fruncir el ceño, ahora mordiéndome la cara interna de la mejilla mientras intentaba comprender.
- Ellos me han hecho algo, me dieron algo de beber y no consigo hacer nada. Vete, será lo mejor. Al menos podrás estar a salvo.
Negué y abrí la puerta. No estaba débil, por lo que ni siquiera lo dudé y le tomé la mano. Ya lo sabía, podía hacer invisible lo que tocaba. Hacía invisible mi ropa, podría hacerle invisible a él.
Pero el sol seguía dándonos y, pese a estar tocándole y concentrándome, la sombra se reflejaba en el suelo. Me aparté, insegura.
- Yo… no puedo dejarte aquí.- Comenté, el corazón me latía rápido y el estómago se me había encogido. Noté que me temblaba la voz cuando hablé, y no sé si llegué a llorar. No podía creerme que había intentado todo eso para nada.
Me sonrió, intentando tranquilizarme.
- No pasa nada, tranquila…- Lo abracé con fuerza, intentando ver si así funcionaba, y también porque, después de lo que había intentado, no quería despedirme. Miré la sombra y cada vez sentí más dolor en el pecho.- No te quedes, huye, no sea tarde.
- Escapa, podría intentar distraerlos…- Se me ocurrió. Ya lo había logrado con uno, podría repetir la jugada. Él volvió a negar.
- No sé qué haría si escapase. Llevo meses viviendo alerta, saltando al menor grito. Era lo inevitable, vi los guardias y mi instinto me hizo actuar. Solo acabaría repitiéndose… Es un final inevitable.
- Hay una nave que sale de la frontera…- No podía creerme que le estuviera hablando del Lhanda. No era posible que le estuviera hablando de mi celda particular, que esa fuera de verdad mi única esperanza. Pero sabía que estaba en lo cierto. No podría bajarme en Elaika. Acabaría como él.
- Cógela. Huye.- Escuchamos pasos a lo lejos y me aparté a regañadientes. Él me empujó hacia el pasillo y volvió a cerrar su celda.- Lo siento. Para mí es demasiado tarde.
Sequé mis lágrimas con dificultad y no dejé de mirarle a los ojos, grises y profundos, por si cambiaba de idea. Él negó de nuevo, cerrando los ojos, y supe que no podía hacer nada más. Ambos nos habíamos resignado a aceptar las consecuencias.
No deshice el hechizo y salí de la comisaría, sin saber a dónde dirigirme. Había tenido un ligero contacto con el sensor y, aunque efímero, me dolía todavía el pecho de recordarlo, y la boca me sabía a sangre de cuando contuve el grito que quiso escapar de mis labios. Busqué de nuevo un callejón vacío, ahora además oscuro, y pensé en volver a la posada que me había indicado el soldado.
Sin embargo el miedo me asaltaba a cada paso que daba. Miraba con recelo a cada comerciante y, cuando había un soldado cerca, lo único que me impedía realizar el hechizo de invisibilidad eran las palabras del mago al que había abandonado. Me planteé la posibilidad de viajar al bosque y dormir a la intemperie, pero casi la descarté igual de rápido. No solo levantaría más sospechas, sino que había ladrones en los caminos, y la frontera con Edrev, aparte de custodiada, quedaba muy lejos. Todavía me sabía la boca a sangre y lágrimas cuando me encontré realizando el hechizo para entrar en el Lhanda de nuevo, como si todo aquel incidente no hubiera pasado nunca.
Pero no era así, y cada vez que aterrizábamos y sentía que podía ser mi oportunidad para escapar, el recuerdo de aquel hombre en el calabozo, mirándome con gesto cansado y resignación, me hacía dar la vuelta, suspirar y volver al Lhanda.
Era mi vía de escape.
Aunque no pudiera escapar de él.

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